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jueves, 3 de enero de 2013

Cuento de Barrio: Carta desde Carabias.

Queridas hijas:

Espero que estéis pasando unas muy felices fiestas. No me voy a andar con muchos preámbulos porque os preguntaréis que qué me pasa, que qué es lo que me ha hecho marcharme sin dar explicación alguna. Sé, por vuestros mensajes en el buzón de voz, que sabéis que estoy en en el Pueblo. No podía ser de otra forma...No obstante, no os he querido contestar, no porque esté enfadada con vosotras, sino porque quería que el tiempo avanzara mientras os hacía llegar esta carta. Ya sé que estaréis pensando que no cuesta descolgar el teléfono, que debe ser porque chocheo, quizá algo de razón tenéis, pero todavía me queda cierta lucidez. Además estaba tranquila porque se que vuestro tío Jose Antonio os ha dicho que estoy bien. Hijas mías es sólo que a veces lo que uno tiene que decir es importante y merece la pena hacerse antes un poco de silencio para darle teatralidad y profundidad a las palabras que uno quiere expresar. A parte sabéis que no soy una mujer de palabra fácil. No me gusta la conversación vana. 
La tarde del 20 de diciembre, sentada en el sofá viendo algún programa insufrible de éstos que me hacéis ver por las tardes en los que las alcahuetas chillan como cotorras hambrientas, me sentí sola, decrépita y poco querida. Fue entonces cuando me decidí. Mientras aún me quedara la reminiscencia de las fuerzas que me hicieron salir adelante cuando era una chiquilla huérfana, cogería un autobús y me volvería a mi tierra, a Carabias. 
Deseaba caminar por esas calles empedradas por donde paseaba con vuestro padre, que en paz descanse. Y meditar con el sosiego que provoca en estas viejas carnes la oscuridad húmeda de las paredes de su iglesia románica. Si, necesitaba ese respiro cerca de Dios para que él me aconsejara. Ya sé que nos os gusta oír esto, que pensáis que es un pérdida de tiempo el rezar. Cosas de viejas, me decís. Demasiado tradicional para mis niñas modernas. - Respetad las costumbres de vuestra madre, que no sabe vivir de otra forma-  ¿os acordáis que esto os decía vuestro padre? 
En efecto hijas mías, necesitaba estar en mi refugio para aislarme y pensar cómo os podía decir, cómo os podía explicar aquello que, a veces, hace que me hierva  la sangre. Y no he sabido hacerlo mejor que con estas palabras escritas a la antigua usanza. Sé que os incomodo, sé que molesto, sé que os quito tiempo con las torpezas propias de mi edad. Me recrimináis que no quiera levantarme temprano, poniéndome de excusa que no quiero ayudaros con la casa, que no quiero cocinar. Deciros hijas, que nunca me gustaron esas tareas, como es bien sabido por vosotras, entonces no le exijáis a esta vieja que haga casi en muerte lo que no le gustó hacer en plenitud. Me reprocháis mi aspecto: mis ropas oscuras, negras, por el riguroso luto que aún guardo a vuestro padre. Me reprocháis mis cabellos, grises como el cielo de Carabias cuando quieren caer las primeras lluvias de noviembre. Me decís - ¡Madre, arréglese, que nos pone en evidencia con esos pelos que parece la la loca de los gatos! Puesta esta loca de los gatos en cierta forma no quiere estar alegre, no tiene ganas de reír, de conversar, tampoco de ser agradable. Este trasto viejo, pese a haber sobrevivido a una dura Guerra Civil, ya no tiene fuerzas, y menos desde que murió vuestro padre. He perdido el rumbo y el sentido de vivir. 
Hijas,  no os quiero entorpecer más, ni haceros infelices con mis complicaciones de anciana.
Disfrutad de lo que queda de Navidad, de la Fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.
Mi corazón será por siempre vuestro. Decidles a mis nietos que su Abu les quiere, y que siempre los llevará en su corazón.
Me quedo sola, mirándole a los ojos a la Muerte.

Os quiere, Mamá.



sábado, 17 de noviembre de 2012

Cuentos de Barrio: Un fantasma recorre Europa.

Repiqueteaba su bolígrafo azul Bic, mordisqueado a más no poder en su borde final. Intentaba reproducir el redoble de batería del estribillo de 'Love me do' de The Beatles que le había hecho las veces de banda sonora durante toda la mañana. Apenas podía discernir lo que sus oídos se tomaban la molestia de captar, no obstante, una sonoras palabras invadieron huecamente el aula e interrumpieron la melodía del bolígrafo:
"Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes."
- 'Un fantasma recorre Europa' - dijo Cintia ensimismada desde su pupitre. -Si señorita, lo ha repetido usted muy bien, ahora ¿puede hacernos el favor de explicarnos a toda la clase quién escribió el Manifiesto Comunista?- inquirió la profesora con cierto desdén provocado por el embobamiento al que la chica le tenía acostumbrada. - Pueees, eeeeeh, a ver, no estoy muy segura perooo, me parece que fueron los hermanos Marx, ¿no?- La clase contestó a Cintia con una esperpéntica risotada que agravó la jaqueca que ésta empezaba a padecer. 
Después de este embarazoso inciso la clase continuó en una suerte de universo paralelo para la alumna, que se había quedado meditando en la frase que le había puesto los pelos de punta. Recordó al fin por qué le causaban tanto estupor aquellas palabras, su padre hacía un mes que no volvía a su casa desde que tuvo una acalorada discusión con su madre:
- Maldita sea Marta, ¡cojones! estoy hasta la coronilla de que el cabrón de mi jefe me mande de viaje a tomar por culo cada vez que le viene en gana, y tu lo único de lo que eres capaz es de recriminarme que te sientes sola, de que si que no puedes más, que si que con los dos chiquillos y tu curro tienes mucho agobio, que si que me echas de menos. De verdad, si no fuera por el maldito fantasma que recorre Europa, las cosas serían mucho más fáciles para los dos...- Tras estas palabras recuerda Cintia que su madre comenzó a llorar durante unos minutos que parecían no tener fin. Nunca había visto ni oído a su madre llorar, era una mujer recta, cariñosa pero seria y muy práctica, de las que no se andan con niñerías. Sin embargo desde que Ernesto, su padre, no hacía otra cosa que viajar, Marta no tenía las mismas energías. Cintia pensaba que este cambio podría estar relacionado también, con la falta de dinero que veía reflejada en cada  rincón de su casa  desde hace una año. - Joder, tía en serio, yo se que no debería pedir más pero es que con 10 euros de paga  me llega para el paquete de tabaco y un par de cervezas- se quejaba frecuentemente a su amiga Vanesa. 
-¿Que habrá querido decir mi padre?- seguía Cintia con su tema a la salida de clase, sus compañeros la miraron con extrañeza ya que últimamente decía algún que otro disparate que ellos no entendían. Dejó a su espalda el instituto salesiano que sus padres aún le podían pagar y se dispuso a volver a su casa dando un rodeo. Comenzó a bajar por Ronda de Atocha atraída por un fuerte clamor que le produjo curiosidad:
- "El pueblo unido jamás será vencido" - coreaba la multitud que subía encendida por la calle. - "No es una crisis, es una estafa"- espetaba un hombre de unos 50 años de edad, de voz ronca y ajada, el resto le siguió gritando la misma consigna. Cintia nunca había estado en una manifestación. La muchedumbre la empezó a envolver. Bajó el volumen de su iPod, ya que entre tanto grito y tanta consigna no oía apenas la música. Algo despeinada, sus cabellos rubios algo ondulados y su atuendo de uniforme con falda a cuadros hicieron que no pasara desapercibida entre la gente. Un grupo de chicos y chicas con aspecto callejero pasó por su lado, uno de ellos le gritó:
-¡Tú, zorra pija de mierda, a ver si te rompes tus putas medias arrodillándote para hacerme una mamada!- el resto se río, felicitando la ocurrencia del que parecía su líder. Cintia continuó, un tanto ajena al comentario. El mismo tipo que profirió tales palabras comenzó a tirar de unas vallas que separaban a la hilera de policías encargados de vigilar a la masa de gente que se había concentrado en la manifestación. La policía respondió con unas salvas que no mitigaron la violencia del grupo.Sus lacayos comenzaron a tirar piedras hacía las patrullas,  Se hizo el caos. La batalla campal estalló sin importar dónde ni contra quién. Cintia no entendía nada. Vio como el gentío corría en su misma dirección. Asustada se arrancó los cascos de cuajo y tiró la carpeta al suelo para poder correr mejor. De repente, se oyó un disparo. Por unos instantes se hizo un  agudo silencio. Una mujer gritó - allí en el suelo, es sólo una niña-. 
El cuerpo yacía en la acera, un hilo de sangre se derramaba por un oído. Ya sólo se escuchaba la última canción que reproduciría su iPod: Sunday Bloody Sunday, de U2.

sábado, 21 de julio de 2012

Málaga. 6:20 a.m.


Calor. La noche era muy densa y se mascaba un fuerte olor a sal y calima. Una corriente de polvo enturbiaba el ambiente  y lo hacía aún más inexplicable y agobiante. ¡Estamos sedientos de ron y sexo! Ese era nuestro grito de guerra. Tanto es así que desprendíamos atractivo natural, casi sudábamos con olor a Mojito. Málaga estaba teñida de cal y arena por todos los rincones, y nosotros queríamos exprimirla al máximo. Por fin habíamos terminado la carrera, tanto esfuerzo, tantos exámenes, tanto agobio, tenía un estrés acumulado que hizo que el último cuatrimestre tuviera que darme tres sesiones de fisioterapia por el dolor de espalda que tenía, siempre se me cogían los nervios a los músculos. Y es que no es fácil licenciarse con 14 asignaturas en el último cuatrimestre...Pero no recordemos esos aburridos momentos. Como iba diciendo, por fin éramos libres, nos merecíamos esas vacaciones y pasarlo bien. Quién sabe si quizá iban a ser las últimas vacaciones que pasáramos juntos. Todo el mundo dice que es muy complicado mantener las amistades de universidad, pero de momento no me lo planteo, este viaje nos ha unido de una forma en la que jamás hubiéramos pensado. Pero nos unió, aunque necesito alejarme de ellos por un tiempo. 
Esa noche era la fiesta grande, el sábado se intuía por todas partes. Era nuestra última noche allí y queríamos que fuera perfecta. Estábamos guapísimos y decidimos beber en la playa antes de irnos a la discoteca. Todas llevábamos bikini por debajo del vestido por si queríamos bañarnos en el mar. Había que despedirse de ese sitio por lo alto ya que lo que nos esperaba era volver a las grises calles de Madrid currículo en mano y sonrisa forzada en la cara. Yo había decidido ponerme ese vestido blanco que tanto me favorecía, con mucho escote y bikini amarillo para resaltar el tono moreno, algo dorado, que había cogido en esa semana de asueto. Desplegamos un mantel viejo para no rebozarnos en la arena y comenzamos a beber lo que a mi me gustaba llamar Cubalibres, siempre que lo decía mis amigos se reían de mi y me llamaban 'pija', sólo porque ellos lo llamaban cubata, ¡qué pesados! Empezábamos a tener una borrachera considerable, cuando de pronto comenzó a sonar una agradable música que nos encandiló a todos...Nos giramos y vimos que se habían colocado a escasos metros de nosotros una banda de rumba, eran cuatro músicos de unos 25 a 30 años aproximadamente. El fresco sonido de la voz del cantante me cautivó. No podía dejar de mirar sus bonitos ojos verdes enmarcados en unas cejas negras perfectas. Su media melena negra y capeada se agitaba con la brisa marina al son de la música. Todos nos animamos aún más y pensamos que esa noche iba a ser perfecta.
Con la música de fondo, pasamos de los Cubalibres a los Mojitos y empezamos a desfasar y bailar descontroladamente en la arena de la playa. Sara, que se había percatado de mi interés por el cantante, me retó a meternos al agua, estábamos tan borrachas que sin pensarlo nos vimos copa en mano cubiertas por las aguas del mar. No nos quitamos ni el vestido. Como era de esperar captamos la atención del grupo. Él me dedicó una sonrisa y continuó con su oficio. Mi amiga le guiñó el ojo al guitarrista, siempre era más descarada que yo. Entre risas nos terminamos la copa y con ciertas dificultades salimos del agua a la velocidad que el alcohol nos permitía. Nuestra sorpresa fue grande cuando nos dimos cuenta de que el grupo se había acercado a donde estaban nuestros amigos y se encontraban todos juntos y revueltos bebiendo. Supimos en ese mismo instante que el causante de tal reunión sería seguramente Rober, persona hipersociable donde las haya, que con tal de que siguieran tocando para nosotros seguro que les invitó a una copa de ron. Cuando le vi más de cerca me puse colorada. Empecé a ser consciente de mis misma y del numerito que estaba montando al salir del agua de esa guisa...se me transparentaba todo seguro. Tomé asiento y saludé.
Acto seguido hablamos y hablamos sin parar...el alcohol siempre me ha hecho que hable sin descanso, y los nervios también, y en ese momento tenía mucho de las dos cosas. Estaba convencida que él sabía que me gustaba hasta decir basta. De repente dijo Laura: 
-¡Ey! ya va siendo hora de irnos a la discoteca...que a este paso acabaremos pagando la entrada...
Todos se levantaron un poco a regañadientes, yo no me quería ir, estaba tan agusto con Eric...me decidí y les dije que ya les alcanzaríamos. El resto del grupo, Chus, Fernando y Toni se fueron por su lado y mis amigos camino de la discoteca donde debería haber ido más tarde.
En cuanto nos vimos solos, Eric me retiró el cabello hacía tras y sin mediar palabra comenzó a besarme el cuello. Desde ese primer beso sabía que sucumbiría. Nos besamos lenta pero intensamente en los labios. Sentí como todo mi cuerpo se estremecía al estar en contacto con su piel, su pelo y perfume que se me quedará grabado por siempre. Yo debía de oler a agua salada, todavía tenía el vestido húmedo. Con un inteligente movimiento de dedos me desató la tira del cuello del bikini. Y comenzó a juguetear entre mis pechos con la prenda de baño que se deslizaba por mi escote, huyendo de aquellos rincones. Al fin me lo quitó. Después pretendía hacer lo mismo con la parte de abajo mientras deslizaba sus manos decidido y con firmeza escalando entre mis piernas. Analizando las posibilidades que teníamos y lo concurrida que estaba la playa le frené las manos en seco y le dije que por qué no continuábamos con todo aquello en la habitación de hotel que compartía con mis amigos. - Estará vacía toda la noche- le susurré al oído mordisqueando el lóbulo de su oreja. 
Afortunadamente el hotel estaba a 10 minutos andando, aunque se me antojaron eternos, tales eran las ganas de estar a solas con él. Pasamos por un callejón oscuro que daba acceso a la playa a través de unas escaleras. Allí, a riesgo de que nos vieran, me empotró contra la pared, agarró mi pierna derecha y rápidamente introdujo su mano dentro de la braga de mi bikini, produciéndome un fuerte placer. No podíamos parar de rozarnos. Terminó por arrancarme la braga, pero justo en ese momento oímos unos pasos, decidimos parar y seguir el camino que nos quedaba hasta llegar a la habitación. Pasamos por la enorme recepción del hotel entre risas. La habitación estaba en el séptimo piso, así que el viaje en el ascensor tuvo como resultado que me tuviera que recolocar el vestido antes de que se abrieran las puertas. Si el manillar hablara...Entramos, no encendimos la luz, no hacía falta. Le desabroché uno a uno los botones de la camisa negra, deslizando mi mano desde su abdomen suavemente abriendo paso entre su pantalón. Toqué su bello y enseguida agarré su hinchado sexo como si el mundo fuera ha acabarse en breves instantes. Tras probar su ardiente sabor le dejé totalmente desnudo, iba a quitarme el vestido, que era la única prenda que me quedaba, cuando me pidió que me lo dejara puesto. Me abrazó por detrás y me agarró fuertemente los pechos conduciéndome hacia la ventana con vistas al mar. La fuerte brisa refrescó mi cara mientras dulcemente me mordió el hombro. Sentí como sus manos inclinaron mi espalda hacía el vacío, y tras un breve movimiento en mi vestido noté como su pene se adentraba con una pasión inusitada. El fuerte vaivén bajo la Luna nos sumió en el más absoluto placer. Fuimos uno. Lentamente comenzó a deslizarse por mis piernas aquel fluido. Con los pómulos enrojecidos por la satisfacción y la vergüenza, me dirigí al baño a darme una ducha...
-Estás hermosa...pero mis amigos me estarán esperando, voy a llamarles a ver si me pueden recoger.
-De acuerdo, voy a ducharme mientras, pero si llaman no abras porque si son mis amigos prefiero que me vean antes a mi, sino que corte...
Me metí en la ducha enjabonándome con suavidad, necesitaba relajarme un poco y también recrearme en lo que había sucedido...Sonó el timbre...-¡Espera!, sólo 1 minuto por favor. - Pero no me contestó. Oí su voz y otra voz masculina que me sonaba, será uno de sus amigos. Mira que le dije que no abriera pensé. Comencé a darme prisa. No me hacía gracia estar desnuda con un desconocido al otro lado del cuarto de baño. De pronto tuve la sensación de que estaban discutiendo. No me dio tiempo a vestirme, salí con la toalla alrededor del cuerpo y le vi. Era Fernando. Se oían insultos...
-¡Pero qué coño te pasa tío! ¡Cómo cojones te presentas así...te dije que no, joder!
-¿Qué pasa Eric?
-Te diré yo lo que pasa, que tu querido Eric no quiere que nos lo montemos los tres, no te quiere compartir...qué gilipollas, ¿te has enamorado inútil? quedamos en que nos avisarías y subiríamos a montárnoslo todos con la puta borracha esta...
-¿Pero que dice este tío? sácalo ahora mismo de aquí.
-¡Eh, ahora la zorrita te mangonea!
-Deja de insultarla tío y vete de aquí...-Apenas terminó de pronunciar esa frase Fernando le pegó un puñetazo a Eric que lo dejó aturdido, alcancé a chillar, pero nadie me oyó, enseguida un fuerte escozor me invadió la mejilla y noté como mi cabeza daba contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo, es más una intuición que un recuerdo nítido, Eric estaba a mi lado en el suelo, parecía inconsciente porque no se movía a pesar de las patadas que estaba recibiendo en el estómago. Su tormento cesó, pero enseguida sentí como me ahogaba, era Fernando que me estaba levantando por el cuello. Me tiró a la cama. Intenté quitármelo de encima, pero no pude. Se me clavó en la retina la hora del reloj: eran las 6 y 20 de la mañana. La discoteca cerraba a las 6, pensé que con suerte abrirían pronto la puerta mis amigos y me salvarían, pero se abrieron treinta minutos más tarde. Nos encontraron a los dos ensangrentados. Consiguieron reanimar a Eric. No quisimos ir al hospital. No mediamos palabra. Rober y Alberto le acompañaron a un taxi. Sandra y Laura me dieron un baño y desinfectaron los cortes y magulladuras.
Nunca me había alegrado tanto de que mis padres me estuvieran pagando un piso en Madrid, así los 400 y pico kilómetros que nos separaban hicieron que nunca supieran lo que sucedió esa noche. No quería tener que dar explicaciones de cómo sucedió. No denuncié. En cierto modo estaba avergonzada. Quiero olvidarlo. Pero, ¿cómo olividar a Eric?

domingo, 6 de noviembre de 2011

Ahogada en la esperanza.

Entre "Creadores de Sombras" me hallaba, vislumbrando retazos de un mundo que se me tornaba ajeno, obscuro, perverso, lleno de actuaciones de dudosa índole, devastador, desolador. Intentando comprender lo inenarrable, lo que únicamente los años y el mucho esfuerzo te conceden el honor de entrever. Sólo la cristalina luz del atardecer que sin permiso se colaba por la ventana del tren podía desprenderme de sus ojos, aquellos inolvidables ojos que con su aguada y profunda apariencia me presagiaban de alguna forma lo que esa noche me iba a acontecer. 
Él continuaba con su analítica, con su prosa, con su indagación, siempre acogedoramente incisivo. Antes de desgarrar la piel con un imperceptible movimiento, siempre daba en la  zona afectada un narcótico beso. Estaba turbada, mi alma comenzaba a removerse por entre mis entrañas, un torbellino de pensamiento inundaba mi mente, mientras él continuaba con su ritual. Yo era a penas unos ojos huidizos que con no poco esfuerzo se podían tener dentro de sus cuencas, ante él no sabía nada, me sentía más desarmada, más frágil, palidecía. 
Me estaba muriendo y él lo sabía. Era el único que se dio verdadera cuenta de mi engaño. No quería a la vida y ella a mi tampoco, y se me estaba esfumando. A cada segundo que pasaba la perdía y ella no deseaba retenerme. Cuando pronunció aquellas palabras, las lágrimas que tanto tiempo había conseguido guardar dentro de mi, salieron, como si jamás hubiera llorado, como si fuera la primera vez. Ya era suya.
Aprovechando mi distracción y viendo que no sólo el viaje en tren era lo que ese día podía terminar, movió sus manos con un movimiento determinante. Las dirigió directas hacía mi interior, rasgó la fina piel que aún protegía mis órganos, y acto seguido, sentí un dolor, breve, pero el más intenso que podré conocer nunca. Cuando me quise dar cuenta de lo que me estaba aconteciendo me horroricé. Sus viejas manos estaban agarrando mi corazón y apretándolo con un ritmo fuerte. Mi acto reflejo, aún tenía, intentó apartarlo de mi. No entendía nada, pero la profundidad del dolor me hizo desmayarme.
Me despertó en mi parada, con un cálido gesto que no supe interpretar, no sé como tuve fuerzas para bajarme y salir a la superficie. Comencé a andar sin rumbo, era ya noche cerrada, pero había perdido la noción del tiempo, no sabía siquiera si seguía en el mismo día, o quizá había pasado un semana, o un mes. Sólo noté que mi paso era más rápido, más firme. Me senté entre sollozos de incomprensión en un banco de piedra helada frente al museo en el que me encontré con él una de las primeras veces que le vi. Cuando ya no quedaban más lágrimas y recuperé el apetito que hacía tanto tiempo hube perdido, lo entendía con claridad, aquellas manos me habían salvado, me habían otorgado la vitalidad que había perdido. Rompió a llover fuertemente, pero no me refugié, me quedé quieta recibiendo ese baño, ahogándome en la esperanza.

sábado, 13 de agosto de 2011

El Tiovivo.

Una luz clara, álgida, y límpida embriagaba el frescor de la mañana. El rumor del amanecer se escapaba entre las hojas del Parque, cuando el rocío ya sólo dejaba un leve recuerdo de su presencia. En el ambiente descansaba un intenso y acogedor aroma a palomitas dulces y algodón de azúcar.
Mientras tanto, los padres hacía un par de horas que estaban encerrados frente a sus ordenadores en sus tediosas oficinas, consumiendo con despreocupada ansiedad su segundo café del día. Probablemente otros estuvieran preparando las tortillas de patatas, con aceite de oliva virgen extra sabor suave de marca blanca que aquellos bajarían a devorar dentro de una o quizá dos horas por un precio quince veces superior a su coste real. Probablemente otros estén engrasando sus manos entre tuercas y poleas reparando coches y otras estuvieran secando sus jóvenes manos entre nocivos tintes de pelo de moda que sus clientes les requerían. Y así giraba ese día, como otro cualquiera, el infinito engranaje de esta Gran Ciudad. 
Pocos minutos antes, yo había decidido no decidir nada, no planear nada, no quedar con nadie. Este día libre sería para mí, para hacer lo que se me ocurriese cuando se me ocurriese. En mitad de esa pulsión, sanamente egoista, sentí la necesidad de ir al Parque, y allí me encontraba, sola sin saber qué quería hacer. Sin embargo, aquel brillo de alegría, que emanaba de las caras de los pocos niños y niñas que tenían la suerte de disfrutar del Tiovivo a esas horas de la mañana, me embriagó con una fuerza inusitada y quise rememorar aquella sensación de tranquilidad de la que se goza cuando se tiene esa edad y tu mayor preocupación es si te van a dejar disfrutar otros quince minutos más en el Tiovivo.
Me acerqué con la calma que te domina un día de predeterminado descanso. Con sigilo, como si no quisiera estropear la grabación de una pequeña toma cinematográfica. Los tonos suave y pastel de la inocente atracción me recordaron lo mucho que me gustaba montar en los caballitos. Me hacían sentir hábil, fuerte e importante, una Amazona de cuatro años. En ese instante me percaté de que precisamente el caballito marrón más grande y bello del Tiovivo estaba gobernado por una chiquilla cuyo rostro reflejaba la misma expresión que yo habría adoptado. Fue entonces cuando le vi. Allí estaba Alejandro, el tío de la pequeña Amazonas -así fue como la llamé desde entonces- mirándome de forma descarada mientras cuidaba de su sobrina.
Desde esa mirada supe que sería él.

lunes, 8 de agosto de 2011

Y todo por un nugget.

Una noche, como otra cualquiera, puede empezar sin el más mínimo atisbo de trascendentalidad. Estas con tu gente, quizá novio incluido, comiéndote unos Doner Kebab y jugando al juego de cartas de turno para quemar el tiempo antes de comenzar aquel periplo interminable que supone intentar dormir cuando el cansancio no te impide que tu conciencia, saturada de inquietudes, comience recién a desperezarse. Como en varios juegos de cartas, llega un momento, probablemente de larga espera hasta que por fin llega tu turno, en el que la sensación de sopor encuentra su punto álgido, más aún si éste tiene lugar pasada la medianoche y tu equipamiento de personaje junto con tu puntación está entre las peores de la mesa. Es justo en ese instante de embobado aburrimiento cuando, de la forma más despreocupada se me ocurrió acudir al encuentro de un jugoso y apetitoso nugget bañado en salsa barbacoa del tupper de uno de mis rivales de la noche. Él, absolutamente desconocedor de las consecuencias que un simple nugget puede tener, me lo cedió, como quien regala un chupachups a un chiquillo. Pero es entonces cuando todo el ritmo de la noche comenzará a tomar otra vibración totalmente insospechada. Mi boca estaba empezando a salivar desaforadamente cual perro de Pavlov y cuando ya mi nariz se vió embriagada por el dulce aroma del pollo frito, que casi podía saborear, mi novio me agarró la mano que sostenía el nugget con la firme contundencia de quien se sabe portador de la verdad impidiéndome el disfrute del ansiado trofeo. Se produjo un cruce gélido de miradas. El tiempo se detuvo.
Después de este nimio acontecimiento lo único que deseaba es que la partida finalizara cuanto antes, dando igual ya el resultado, para poder encerrarme dentro de mis pensamientos. Definitivamente se me agrió el ánimo. Comencé a interiorizar lo ocurrido, ¿por qué demonios estaba tan enfadada, si al fin y al cabo había sido una tontería?. Finalizada ya la partida, a pesar de haber salido victoriosa, no se me había dibujado la típica sonrisilla de superioridad ni me había vanagloriado de mi gesta como hubiera sido lo habitual en estos juegos. Nada de camaradería socarrona con nadie. Continué andando hasta mi cuarto, pero no iba sola mis pasos eran seguidos por el que esa noche se había comportado como un perro policia. No dije una sola palabra hasta que Álex, con toda la paciencia del mundo, calibrando la situación, rompió el silencio casi irrespirable y soltó una de sus bromitas:
- Cariño, ¿sabes que cuando te enfadas estás aún más guapa?
Me reí, no sé muy bien por qué, supongo que porque sabía que era su forma de sacar el pañuelo blanco. A continuación empezó a disculparse sabiendo que estaba muy dolida y por eso no decía palabra:
- Sabes que si te he quitado el nugget de las manos es porque tu me has dicho que te ayude con la dieta, ya que esta vez te lo estas tomando muy en serio y sabías perfectamente que te sobraba después de haberte comido para cenar tu solita un Durum Kebab.
Inevitablemente se desarrolló toda una discusión acerca de si el uno es muy estricto con los errores del otro que si la una es demasiado indulgente consigo misma. La discusión se fue poco a poco suavizando, cuando ambos nos dimos cuenta de que ninguno había tenido mala intención en sus actos y en sus palabras. Tras el reconocimiento de este hecho, siguió una intensa conversación que, cada tanto, iba penetrando más y más adentro entre los miedos e inquietudes de cada uno, revelando la frágil condición que tenemos todos ante las vicisitudes de la vida. Cuando ya no había nada más que decir, sin darnos cuenta, nos sumimos en un profundo y reparador sueño.
A veces los pequeños acontecimientos confluyen en importantes sucesos. Y todo por un nugget.