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martes, 3 de abril de 2012

La lasaña de mi tiempo.

Me gusta concentrarme en el vacío existencial gracias al sentir de mis labios sosteniendo mi anillo de oro que se me antoja frío, extraño pero tan mío como todo el conjunto de incongruencias que me dan forma. Me agrada gastar gran parte de mi tiempo en cuestiones baladí intentando, por ejemplo, aprender nuevas recetas de cocina. Cuestión ésta que implica el hecho de tomar pequeñas decisiones pero que normalmente suelen ser rápidas, placenteras y gratificantes al ver en los ojos de los otros el agradecimiento que muestran por el obsequio de sabor que acaban de recibir que parece tan altruista que sólo puede significar una realidad egoísta en dónde, en el fondo, sólo importa el propio quehacer, el propio sentir, aunque sea sitiéndolo en el yo en tanto que el otro.
Me encanta el sonido que provoca la lluvia en el toldo de mi terraza mientras coloco el cojín que poso sobre mis piernas para permitirme el deleite de teclear palabras que pretendan entretejer algo con sentido después de mucho tiempo de no escribir una sola palabra que no fuera por puro y mero placer.
Pero, por qué nos producen tanto placer y bienestar estas pequeñas cosas, unas rutinarias fruto de la necesidad de satisfacer carencias básicas, otras que atienden a un origen más interno, más íntimo, incluso holístico. Esa necesidad de placer inmediato, sin mediar petición alguna, tan simple en apariencia, esconde muchas veces otra necesidad quizá más primaria, olvidar el que creemos que es el sentido de la vida, olvidar la búsqueda del recto camino hacia la consecución de los agobiantes fines que nos autoimponemos...mas qué se yo acerca de cuál es el verdadero sentido de la vida?

lunes, 1 de agosto de 2011

La bolsita de ketchup.

Nos gusta hacer pactos, nos gusta jurar, nos encanta prometer, aunque algunos digan que les asusta, nos gusta el 'para-siempre'. Es un hecho. Es tan cierto como que la amistad existe. Muchos hemos practicado el gran pacto por antonomasia de la amistad infantil, por lo menos los que nos tomábamos las cosas en serio, el pacto de sangre, sin embargo todos hemos sido niños pero no imbéciles, evidentemente yo sustituí la sangre por lo más parecido que estaba a nuestro alcance: la bolsita de ketchup de Mc Donals, en resumidas cuentas era lo que menos asco nos daba. Ya desde muy pequeños todos coqueteamos con la idea de que 'un amigo es un tesoro' y, por lo tanto, su amistad debe ser cuidada para que perdure hasta el fin de nuestro días. Pero lo cierto es que todos crecemos y muy pronto empezamos a comprender que esta idea es muy difícil. Por mucho que en nuestra adolescencia, mirando el eterno cielo estrellado en algún país extranjero de viaje de fin de curso, creyéramos que estábamos en contacto con aquella inmensidad, que todo iba a estar en calma y que, claro está, aquellas amigas que te acompañaban te iban a acompañar por todo tu periplo vital, aquella calma pronto se desvanece dejándote entrever la realidad.
Es este 'para-siempre' el que nos daba, nos da, esa irreal pero sana sensación de tranquilidad. Esa eternidad con la que queremos adjetivar al amigo fiel, aquella persona que caminará junto a nosotros nuestra vida, con el paso del tiempo se va descomponiendo en muchos casos. No queremos creer que la inmensa mayoría de las relaciones que mantenemos a lo largo de nuestras vidas tienen una fecha de caducidad. No se sabe cuándo, ni dónde, ni por qué con antelación, pero lo que si sabemos es que mueren, mueren como casi todo lo humano. Se esfuman y la mayoría de las veces no ocurre la, en ocasiones ansiada, resurrección.
Si bien es cierto que la amistad muere, igual de cierto es que cuando ha sido verdadera amistad es particularmente difícil olvidarla. Se quedan algunos bonitos recuerdos, vivencias, quizá fotografías, algún objetivo significativo o simplemente la esencia de esa persona que estuvo y ya no está en nuestras vidas, puede ser que algún día nos diera un buen consejo o que nos ayudará en tiempos difíciles o simplemente que una canción esté anclada en tu memoria indeleblemente asociada a esa persona.

Por todo ello, siempre nos queda en la ausencia de aquel buen amigo/a la tranquilidad que aporta lo eterno que de él/ella quede en nosotros, dándonos forma, siendo parte aún de nuestras vidas.

miércoles, 20 de julio de 2011

Bifurcaciones de la vida.

Hasta cierto punto todos en nuestras vidas actuamos por imitación de aquellas personas que creemos importantes, sujetos de admiración, o aquellos seres que reúnen todas las, a nuestra vista, virtudes que nos encantaría poseer.
A los 6 años quería ser esteticién, dado que un familiar muy cercano lo era y me parecía una profesión de lo más interesante con aquellos dibujos de rostros tan bellos que intercepté de pequeña en un cuaderno de plástica bastante escondido que no sé muy bien cómo hallé. A los 10 u 11 años pensé en que mejor podría dedicarme a la abogacía, ya que me encantaban las aventuras que padecía y disfrutaba la protagonista de la serie Ally McBeal. Quizá una lógica muy pueril, pero como entendí más tarde no fui la única que comenzó a poner los ojos en dicha profesión gracias a esa serie....
De esta forma podemos continuar con un largo etcétera de distintas aspiraciones y metas que han ido consolidando mi personalidad hasta que tomé un decisión. Sí, ese agridulce proceso en que dejamos de lado muchos 'poder-ser' por un único y concreto 'esto-es' que marcará de una forma casi determinante nuestras vidas. Con esto no quiero decir que sólo por el simple hecho de escoger 'el camino' nuestra ansiada meta está totalmente conseguida, pensamiento completamente inocente que no podemos evitar pensar cuando somos todavía almas poco curtidas en los avatares de la vida. Queremos saborear la manzana antes de dejar que crezca y se ponga madura tras un largo proceso en que pueden acontecer diversas vicisitudes o quizá hechos favorecedores. En fin, pero lo que no podemos evitar es que esta elección, dura como tantas otras que más adelante vendrán, marque nuestra vida. No sólo vale el esfuerzo, el tesón, la ilusión, o como algunos prefieren: la cabezonería. La sociedad, la vida, y más concretamente, tus propios pasos a través del complejo tejido denominado: sociedad, te pueden asestar un duro golpe, un tropiezo, o un obstáculo en tu camino que hace que tengas que cargar con tu ilusión y tu inocencia en tu espalda y que dicho camino se torne tan áspero, tan difícil que elijas nuevamente lo que jamás te planteaste en serio que harías, dar marcha atrás.
Efectivamente la vida te pone ante una bifurcación del camino, aunque lo que no se puede, y quizás por salud es mejor no hacer, es olvidar todas y cada una de las grandes elecciones que has realizado y te han conformado como persona. Dicha bifurcación corre paralela al camino inicial, pero presenta otras ventajas y riesgos que a su vez has de recorrer y así hasta el infinito. Sin embargo viene con una condición añadida de la que es muy difícil desembarazarse: la añoranza, ese sentimiento que te embriaga y nubla la vista, al correr paralelo al camino inicial te lo deja entrever en los resquicios del recuerdo y te hace preguntarte ¿tome la decisión correcta o mutilé una versión de mi mismo que podría ser mejor que la actual? Como vemos se nos vuelve a plantear la eterna incógnita humana de qué es mejor si el 'podría- ser' o el 'esto-es'. Pero para poder averiguarlo sólo nos resta volver a enfrentarnos con los obstáculos del camino inicial que escogimos en un acto de total romanticismo. Aunque para tomar esta decisión no podemos emular a nadie, aquí sí que estamos solos.