Día Internacional de la Salud Mental.
Bueno, pero a mi no me pasa nada, con un par de cervezas ya se me ha pasado todo, conmigo no va este tema. Pues te voy a contar una historia:
Érase una vez una madre con dos niños pequeños que cometió la locura de ir a pasar una mañana en un concurrido centro comercial madrileño en temporada navideña. Lo sé, a quién coño se le ocurre? Bueno pues a unos cuántos miles de personas por lo que se ve. Ruido, exceso de información en todos los sentidos, imágenes invasivas en la cartelería por pantallas. Gente, gente, y más gente. Niños gritando, en fin, el paraíso para cualquier neurodivergente. Pero nosotros no somos los protagonistas de esta historia. Saturada y agotada de aquella mañana intensa fui con mis vástagos a recargar energías a una cafetería, llena de gente como no podía ser menos. La cafetería tenía un local aledaño donde vendían bollería recién hecha en su horno. Planazo de fin de semana para encargar tartas o empanadas en aquellos días donde las reuniones familiares abundan por doquier. Pues eso tuvo que pensar, vamos a llamarla Ana. Una mujer de mediana edad que hacía cola en el establecimiento para recoger su encargo. Le acompañaba su hijo, un joven, ya casi un hombre de unos 23 años aprox. vamos a llamarle Andrés. Andrés estaba algo impaciente en la cola, como todos y se le notaba cansado, pero menos mal que se podía entretener con su juguete favorito. Si, su juguete favorito, un trenecito que tenía pinta de ser muy especial e importante para él. Le ayudaba a concentrarse y autorregularse. Andrés era como una olla a presión a punto de estallar, agotado y asteado de la situación que estaba desde luego muy fuera de su zona de confort comenzó a darse fuertes golpes en la cabeza y a chillar desconsoladamente. Ya comenzó a suscitar murmuraciones y gestos de: eh! mira a ese chaval lo que está haciendo. Los golpes y aspavientos de Andrés eran cada vez más y más bruscos, su madre ya en completo estado de alerta comenzó a atenderle intentando que volviera a coger su trenecito. Sin embargo Andrés, no pudo más. Empezó a forcejear con su madre con la fuerza física de un niño encerrado en el cuerpo de un hombre. Enseguida saltaron todas las alarmas entre los que estábamos contemplando la escena. Yo, al igual que Ana, quería proteger a mi hijos y ponerlos a salvo de algún daño colateral ya que Andrés estaba completamente fuera de control y nosotros muy próximos. Ya con mis hijos a buen recaudo pegaditos a la barra y francamente asustados pude prestar atención a la forma en que, de manera insistente, le ofrecían ayuda a Ana. - La está pegando! - Cómo puede ser? - Qué fuerte! - Señora quiere que se lo aparte? - Ana, forcejeando con su hijo: No gracias, estoy bien. - Señora llamamos a seguridad ahora mismo. - No por favor, estoy intentado calmarlo. Una y otra vez gritando le preguntaron a Ana si quería que llamasen a seguridad. Y Ana con una templanza digna de Sócrates antes de beberse la cicuta, contestaba protocolariamente su No gracias. Ana, cómo cualquier madre, sólo quería proteger a su hijo, hacer desaparecer el mundo para estar los dos solos en calma, cómo cuando le leía cuentos antes de acostarse y protegerle de su sufrimiento.
Mientras tanto, una de las camareras detrás de la barra vociferaba: Si es que es normal que explote, estoy harta de verlo! Igual pasa con los niños. Aquí hay demasiada gente, se agotan y vienen aquí a la cafetería con los niños llorando. Una señora en la barra contestaba: si es que se ve que el chico tiene problemas, para que le trae aquí? Que lo deje en su casa! El mal rato que han pasado. Tantas ganas tenía de irse de compras que no podía esperarse a venir sola?
Con el infinito abrazo de mamá osa que le acompañó durante un buen rato ya tirados en el suelo, Andrés volvió a recuperar el control. Y consiguió empequeñecer de nuevo ese mundo hostil que tenía alrededor y volver a ser sólo Andrés y su trenecito haciendo Chu Chuuuuu sentado en el suelo.
Si, la salud mental importa, es la salud que te permite tener un bienestar tanto a ti como a todo tu entorno. No sé que le pasaría a Andrés, pero lo que si sé es cómo su madre le protegía y como además de tener que estar lidiando con una situación tan dura y agotadora tenía además que calmar al entorno para que no agredieran a su hijo y no le provocaran una crisis aún mayor llamando a gente que muy posiblemente no sepan tratar con un adulto con problemas mentales o con una discapacidad intelectual importante. Desgastando su atención y energía en lo que de verdad tenía que hacer, que era calmar y atender a su hijo. También oí cómo la juzgaban, cómo la culpabilizaban, y cómo miraban a Andrés. Somos seres grupales, nos guste o no, y la salud mental aunque es propia también se construye desde el entorno. Desde la tolerancia, el respeto, y la empatía. Cuando estás en la mesa del bar tomándote una cerveza al lado de un parque y NO criticas a una madre porque según tu gran opinión le tiene mal criado y consentido porque el crío no paraba de chillar. O cuando están intentando atender a un niño en un burnout de 40 minutos de llanto incesante y NO te acercas y le dices: uy niño! que feo te pones cuando lloras!
La salud mental, es responsabilidad de todos y a todos nos afecta, de una manera u otra. Cuidémosla.
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