En el tiempo oscilan
Caen vacilantes,
Soles antes del crepúsculo.
Así pasan los días
En el rincón del que espera
Inamovible, quieto, estoico
Y ve el caminar errante,
De aquel que un día
Llega, pasa y se olvida.
Pero las huellas
De este andar
Quedan marcadas en sus vísceras.
Enfermedad que lentamente corroe
Y se expande
Produciendo la bilis negra
Que ignora el viajero
Con su ansia de dominio de mundo.
Mientras caen las hojas del crepúsculo
En la tarde fría, tranquila y sosegada
Su alma grita
En clave de leve suspiro
Ante la vision de la aciaga despedida.
Con la mirada perdida
En el vacío,
Pero sin emanar gestos
Ni cambiar de posición.
Se quiebra el universo,
Y susurra el rumor trascendente,
Se abre la infinita grieta
Y golpea el llanto del viento
Pero el estoico se queda quieto.
No quiere ver levantar el vuelo
De la corrompible hoja de otoño.
Huye simbólicamente
De esa oscura perdida.
Pasan los días
Y se acerca el momento
Del choque de la quietud
Y la crueldad
De la ignorancia del sentimiento
Por aquel viajero
Que surca el mar impenetrable
En una lucha
Contra el tiempo paralelo.
Pero lo estable se mantiene estable
A pesar del duro viento
Que agita los cabellos
Del egoísmo y del deseo
Pleno de posesión y destrucción del errar
Que golpea al estoico observador,
Por cuyo rostro
Baila una lágrima
Ante el horror
De la visión
De la hoja de otoño
Ya por fin resquebrajada, muerta
Bajo la inmensidad del cielo abierto
En el atardecer
De la pronta mañana
Del pacífico espectador
Cuya mirada
Fatalmente busca,
Como el instinto equívoco
Del que alguna vez fue testigo
De quien un día vino y se marchó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario