jueves, 26 de julio de 2012

El Niño Escoria (Parte 2)



Era martes 25 de febrero. O al menos eso recuerda Patricia que ponía en su radio despertador aquel día. Como de costumbre, cumplía su función automáticamente a las 06:00 am conectando con su emisora favorita que abría cada hora de la mañana con un estridente kakareo, afortunadamente ese día pinchó “Have a nice days” de Bon Jovi al ser la canción número uno de la semana. Lo que hizo que Patricia comenzara el día con buen humor al recordar que ya tenía las entradas para próximo concierto del grupo. Su madre la apodaba La Tiquití, porque decía que cuando tenía prisa ese era el ruido que emitían sus cortos pero veloces pasos, de esta guisa comenzó a arreglarse para ir al trabajo mientras tomaba una taza de café que siempre se dejaba a medias, manía que no se explicaba a si misma ya que no dependía de la cantidad con la que llenara su taza. ¡Ay su trabajo! Aquel sitio donde la esperaba una intensa jornada llena de pequeñísimas multitareas imprescindibles para el bienestar de la oficina. A ella le gustaba decir que su trabajo consistía en convertirse en un duendecillo mágico: rápido e invisible. Aceptó su puesto de auxiliar administrativo hacía un par de años por el simple motivo de que no requería un gran esfuerzo físico ni demasiado estrés, tampoco requería una alta dosis de responsabilidad, en realidad no implicaba demasiado de nada - pero tal y como están las cosas está bien pagado mamá – se había justificado ante su progenitora quien siempre la miraba con una suerte de mal pálpito cada vez que le comunicaba una decisión.
Intentaba concentrarse en la lectura de la última novela que compró a primeros de mes. Era su ritual, una vez tenía en su poder su ansiado y ajustado sueldo, corría a la Gran Vía de Madrid en busca de la novela más  gruesa y pesada que encontrase. Le gustaban, no tanto por la temática, que esta vez tocaba histórica, sino más bien por intentar aparentar un perfil de mujer intelectual; imagen que siempre intentaba marcar comprándose las gafas de pastas más anchas, cuadradas y negras que encontraba en la óptica, su pelo largo y poco cuidado, aunque con un sempiterno y perfilado flequillo recto. Su estilo de vestir todo lo casual que le permitía el tipo de trabajo que desempeñaba. Su tamaño menudo y su belleza camuflada con mucho afán por su propia personalidad hacía que fuera con frecuencia un blanco certero de empujones, traspiés y codazos en el metro que solía coger en plena hora punta. Nada más pasar la primera estación fue víctima de uno de estos codazos con tan mala suerte que su pesado libro se le cayó encima de sus pies.
- ¡Joder!, ¡pero qué daño me has hecho!, por Dios como duele…
- ¡Ay! Disculpa. Qué faena, no era mi intención, es que tengo tanta prisa que…no miro por donde paso…permíteme que te ayude.- Le devolvió el libro entregándoselo como si de una delicada antigualla se tratara.
- Bueno, no pasa nada…aunque me duele muchísimo, creo que puedo tener una fisura en alguno de los dedos del pie derecho, porque me duele demasiado al doblar el pie hacia delante.
- Supongo que el saber si debe ocupar lugar, porque con lo grande que es ese libro no me extraña que te haya hecho daño. – Patricia cuando se enfadaba parecía, pese a lo menuda que es, un ogro gigante con sed de sangre. De ese calibre fue la mirada que se incrustó en los ojos de este desconocido.- Es broma mujer, de veras que lo siento, si puedo hacer algo por ti…
- No te preocupes, no me queda nada para llegar a mi trabajo…me tengo que bajar en la siguiente parada.
- Anda, hoy estoy de suerte yo también me bajo ahora. ¿Trabajas por aquí cerca entonces?
- Si en el parque empresarial.
- ¡Qué bien! Precisamente iba tan deprisa para coger la puerta que me hiciera andar menos. Tengo una entrevista en una de las empresas que están alojadas allí. Decidido, te acompaño por lo menos a la puerta del parque. Me parece que no llegaré tarde después de todo. Bueno, creo que deberíamos presentarnos. Me llamo Enrique…
- Patricia. –Se vieron interrumpidos por la rutinaria locución: “Próxima estación…”Andando con ciertas dificultades Patricia y Enrique llegaron al centro empresarial. Se despidieron. Justo cuando estaban a punto de tomar cada uno su camino dice, con la voz algo entrecortada, Enrique:
- Patricia, disculpa, ya sé que no nos conocemos, pero si quisieras que quedáramos un día, te invito a comer, me siento que estoy en deuda contigo, apenas puedes mover el pie. Bueno te doy mi tarjeta, así lo dejo en tus manos.
- Te prometo que lo pensaré. Por cierto, suerte con esa entrevista.
- Me vale, gracias.
Patricia no pudo evitar echarle un vistazo a la tarjeta. Después de todo el tipo era simpático, iba trajeado y tenía un buen culo, pensó. Además tenía un pelo perfecto, castaño, ligeramente capeado a navaja, con unas entradas interesantes y unos penetrantes ojos verdes. Veredicto: impecable. La tarjeta era sencilla y concisa. Fondo blanco y letra Times New Roman negra. No necesitaba más. Software Engineer. Madre mía, suspiró. No parece un freaky. Pero me ha machaco el pie, se dijo. ¿De todas formas qué demonios pretende? ¿tan presumido es que va fardando con la tarjetita? ‘Estoy en deuda contigo. Lo dejo en tus manos’ dijo en voz alta con cierto rintintín. Pues si se piensa que le voy a llamar sólo porque tiene un buen culo, va trajeado, y es ingeniero lo lleva claro. Don perfecto. 

sábado, 21 de julio de 2012

Málaga. 6:20 a.m.


Calor. La noche era muy densa y se mascaba un fuerte olor a sal y calima. Una corriente de polvo enturbiaba el ambiente  y lo hacía aún más inexplicable y agobiante. ¡Estamos sedientos de ron y sexo! Ese era nuestro grito de guerra. Tanto es así que desprendíamos atractivo natural, casi sudábamos con olor a Mojito. Málaga estaba teñida de cal y arena por todos los rincones, y nosotros queríamos exprimirla al máximo. Por fin habíamos terminado la carrera, tanto esfuerzo, tantos exámenes, tanto agobio, tenía un estrés acumulado que hizo que el último cuatrimestre tuviera que darme tres sesiones de fisioterapia por el dolor de espalda que tenía, siempre se me cogían los nervios a los músculos. Y es que no es fácil licenciarse con 14 asignaturas en el último cuatrimestre...Pero no recordemos esos aburridos momentos. Como iba diciendo, por fin éramos libres, nos merecíamos esas vacaciones y pasarlo bien. Quién sabe si quizá iban a ser las últimas vacaciones que pasáramos juntos. Todo el mundo dice que es muy complicado mantener las amistades de universidad, pero de momento no me lo planteo, este viaje nos ha unido de una forma en la que jamás hubiéramos pensado. Pero nos unió, aunque necesito alejarme de ellos por un tiempo. 
Esa noche era la fiesta grande, el sábado se intuía por todas partes. Era nuestra última noche allí y queríamos que fuera perfecta. Estábamos guapísimos y decidimos beber en la playa antes de irnos a la discoteca. Todas llevábamos bikini por debajo del vestido por si queríamos bañarnos en el mar. Había que despedirse de ese sitio por lo alto ya que lo que nos esperaba era volver a las grises calles de Madrid currículo en mano y sonrisa forzada en la cara. Yo había decidido ponerme ese vestido blanco que tanto me favorecía, con mucho escote y bikini amarillo para resaltar el tono moreno, algo dorado, que había cogido en esa semana de asueto. Desplegamos un mantel viejo para no rebozarnos en la arena y comenzamos a beber lo que a mi me gustaba llamar Cubalibres, siempre que lo decía mis amigos se reían de mi y me llamaban 'pija', sólo porque ellos lo llamaban cubata, ¡qué pesados! Empezábamos a tener una borrachera considerable, cuando de pronto comenzó a sonar una agradable música que nos encandiló a todos...Nos giramos y vimos que se habían colocado a escasos metros de nosotros una banda de rumba, eran cuatro músicos de unos 25 a 30 años aproximadamente. El fresco sonido de la voz del cantante me cautivó. No podía dejar de mirar sus bonitos ojos verdes enmarcados en unas cejas negras perfectas. Su media melena negra y capeada se agitaba con la brisa marina al son de la música. Todos nos animamos aún más y pensamos que esa noche iba a ser perfecta.
Con la música de fondo, pasamos de los Cubalibres a los Mojitos y empezamos a desfasar y bailar descontroladamente en la arena de la playa. Sara, que se había percatado de mi interés por el cantante, me retó a meternos al agua, estábamos tan borrachas que sin pensarlo nos vimos copa en mano cubiertas por las aguas del mar. No nos quitamos ni el vestido. Como era de esperar captamos la atención del grupo. Él me dedicó una sonrisa y continuó con su oficio. Mi amiga le guiñó el ojo al guitarrista, siempre era más descarada que yo. Entre risas nos terminamos la copa y con ciertas dificultades salimos del agua a la velocidad que el alcohol nos permitía. Nuestra sorpresa fue grande cuando nos dimos cuenta de que el grupo se había acercado a donde estaban nuestros amigos y se encontraban todos juntos y revueltos bebiendo. Supimos en ese mismo instante que el causante de tal reunión sería seguramente Rober, persona hipersociable donde las haya, que con tal de que siguieran tocando para nosotros seguro que les invitó a una copa de ron. Cuando le vi más de cerca me puse colorada. Empecé a ser consciente de mis misma y del numerito que estaba montando al salir del agua de esa guisa...se me transparentaba todo seguro. Tomé asiento y saludé.
Acto seguido hablamos y hablamos sin parar...el alcohol siempre me ha hecho que hable sin descanso, y los nervios también, y en ese momento tenía mucho de las dos cosas. Estaba convencida que él sabía que me gustaba hasta decir basta. De repente dijo Laura: 
-¡Ey! ya va siendo hora de irnos a la discoteca...que a este paso acabaremos pagando la entrada...
Todos se levantaron un poco a regañadientes, yo no me quería ir, estaba tan agusto con Eric...me decidí y les dije que ya les alcanzaríamos. El resto del grupo, Chus, Fernando y Toni se fueron por su lado y mis amigos camino de la discoteca donde debería haber ido más tarde.
En cuanto nos vimos solos, Eric me retiró el cabello hacía tras y sin mediar palabra comenzó a besarme el cuello. Desde ese primer beso sabía que sucumbiría. Nos besamos lenta pero intensamente en los labios. Sentí como todo mi cuerpo se estremecía al estar en contacto con su piel, su pelo y perfume que se me quedará grabado por siempre. Yo debía de oler a agua salada, todavía tenía el vestido húmedo. Con un inteligente movimiento de dedos me desató la tira del cuello del bikini. Y comenzó a juguetear entre mis pechos con la prenda de baño que se deslizaba por mi escote, huyendo de aquellos rincones. Al fin me lo quitó. Después pretendía hacer lo mismo con la parte de abajo mientras deslizaba sus manos decidido y con firmeza escalando entre mis piernas. Analizando las posibilidades que teníamos y lo concurrida que estaba la playa le frené las manos en seco y le dije que por qué no continuábamos con todo aquello en la habitación de hotel que compartía con mis amigos. - Estará vacía toda la noche- le susurré al oído mordisqueando el lóbulo de su oreja. 
Afortunadamente el hotel estaba a 10 minutos andando, aunque se me antojaron eternos, tales eran las ganas de estar a solas con él. Pasamos por un callejón oscuro que daba acceso a la playa a través de unas escaleras. Allí, a riesgo de que nos vieran, me empotró contra la pared, agarró mi pierna derecha y rápidamente introdujo su mano dentro de la braga de mi bikini, produciéndome un fuerte placer. No podíamos parar de rozarnos. Terminó por arrancarme la braga, pero justo en ese momento oímos unos pasos, decidimos parar y seguir el camino que nos quedaba hasta llegar a la habitación. Pasamos por la enorme recepción del hotel entre risas. La habitación estaba en el séptimo piso, así que el viaje en el ascensor tuvo como resultado que me tuviera que recolocar el vestido antes de que se abrieran las puertas. Si el manillar hablara...Entramos, no encendimos la luz, no hacía falta. Le desabroché uno a uno los botones de la camisa negra, deslizando mi mano desde su abdomen suavemente abriendo paso entre su pantalón. Toqué su bello y enseguida agarré su hinchado sexo como si el mundo fuera ha acabarse en breves instantes. Tras probar su ardiente sabor le dejé totalmente desnudo, iba a quitarme el vestido, que era la única prenda que me quedaba, cuando me pidió que me lo dejara puesto. Me abrazó por detrás y me agarró fuertemente los pechos conduciéndome hacia la ventana con vistas al mar. La fuerte brisa refrescó mi cara mientras dulcemente me mordió el hombro. Sentí como sus manos inclinaron mi espalda hacía el vacío, y tras un breve movimiento en mi vestido noté como su pene se adentraba con una pasión inusitada. El fuerte vaivén bajo la Luna nos sumió en el más absoluto placer. Fuimos uno. Lentamente comenzó a deslizarse por mis piernas aquel fluido. Con los pómulos enrojecidos por la satisfacción y la vergüenza, me dirigí al baño a darme una ducha...
-Estás hermosa...pero mis amigos me estarán esperando, voy a llamarles a ver si me pueden recoger.
-De acuerdo, voy a ducharme mientras, pero si llaman no abras porque si son mis amigos prefiero que me vean antes a mi, sino que corte...
Me metí en la ducha enjabonándome con suavidad, necesitaba relajarme un poco y también recrearme en lo que había sucedido...Sonó el timbre...-¡Espera!, sólo 1 minuto por favor. - Pero no me contestó. Oí su voz y otra voz masculina que me sonaba, será uno de sus amigos. Mira que le dije que no abriera pensé. Comencé a darme prisa. No me hacía gracia estar desnuda con un desconocido al otro lado del cuarto de baño. De pronto tuve la sensación de que estaban discutiendo. No me dio tiempo a vestirme, salí con la toalla alrededor del cuerpo y le vi. Era Fernando. Se oían insultos...
-¡Pero qué coño te pasa tío! ¡Cómo cojones te presentas así...te dije que no, joder!
-¿Qué pasa Eric?
-Te diré yo lo que pasa, que tu querido Eric no quiere que nos lo montemos los tres, no te quiere compartir...qué gilipollas, ¿te has enamorado inútil? quedamos en que nos avisarías y subiríamos a montárnoslo todos con la puta borracha esta...
-¿Pero que dice este tío? sácalo ahora mismo de aquí.
-¡Eh, ahora la zorrita te mangonea!
-Deja de insultarla tío y vete de aquí...-Apenas terminó de pronunciar esa frase Fernando le pegó un puñetazo a Eric que lo dejó aturdido, alcancé a chillar, pero nadie me oyó, enseguida un fuerte escozor me invadió la mejilla y noté como mi cabeza daba contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo, es más una intuición que un recuerdo nítido, Eric estaba a mi lado en el suelo, parecía inconsciente porque no se movía a pesar de las patadas que estaba recibiendo en el estómago. Su tormento cesó, pero enseguida sentí como me ahogaba, era Fernando que me estaba levantando por el cuello. Me tiró a la cama. Intenté quitármelo de encima, pero no pude. Se me clavó en la retina la hora del reloj: eran las 6 y 20 de la mañana. La discoteca cerraba a las 6, pensé que con suerte abrirían pronto la puerta mis amigos y me salvarían, pero se abrieron treinta minutos más tarde. Nos encontraron a los dos ensangrentados. Consiguieron reanimar a Eric. No quisimos ir al hospital. No mediamos palabra. Rober y Alberto le acompañaron a un taxi. Sandra y Laura me dieron un baño y desinfectaron los cortes y magulladuras.
Nunca me había alegrado tanto de que mis padres me estuvieran pagando un piso en Madrid, así los 400 y pico kilómetros que nos separaban hicieron que nunca supieran lo que sucedió esa noche. No quería tener que dar explicaciones de cómo sucedió. No denuncié. En cierto modo estaba avergonzada. Quiero olvidarlo. Pero, ¿cómo olividar a Eric?

lunes, 9 de julio de 2012

El Niño Escoria. (Parte 1)

Las hipnóticas pupilas de los ojos de Filippe, de 13 años de edad, se posaban de una forma continua y embelesada en las vertiginosas vueltas que describían las burbujas de la leche con Cola-Cao que giraban en el diminuto universo de su taza favorita. Para quienes no conocieran a Filippe ni jamás le hubieran visto, no habrían podido imaginar que esta criatura tuviera un nombre, un origen y una corta edad. Es seguro que en vez de ver lo que ven mis ojos: sencillamente un niño embriagado por la felicidad de tomar una rica bebida caliente,  sólo podrían contemplar a una suerte de despojo humano, viejo, de mirada lunática y carente de habla.
Era ya el tercer día que me tocaba vigilar el  comedor de aquel centro de menores y no podía clavar la vista en otro niño que no fuera él. Tanto es así que esa misma tarde a las cinco en punto, hora en la que acababa mi turno, el director, quien gozaba de un paz interna difícil de alterar, apenas pudo contener su rabia cuando reclamó mi presencia en su despacho.
- Cristina -me dijo intentando contener su decepción- llegaste a este centro  con unas notas excelentes y muy recomendada por tus profesores de la carrera. Parecía que ibas a hacer, en consecuencia, un trabajo igualmente excelente para este centro, teniendo en cuenta además tu especialización y cuando de verdad tienes que demostrar todo tu potencial, te distraes como si fueras una adolescente enamorada por vez primera. ¿Pero en qué estabas pensando para permitir que Hassan, delante de tus propias narices, se abalanzara de esa forma sobre Helena? Sabes perfectamente que Hassan estaba bajo tu tutela directa para procurar que se fuera integrando poco a poco con el resto de chicos. 
- Lo se, lo se, no sabes cuánto lo siento, estoy muy avergonzada. ¿Ella cómo se encuentra? La he intentado ver, pero...
- No me vengas ahora con arrepentimientos y con preguntas.Tenemos una niña aterrorizada de 10 años que ha tenido un ataque de pánico y la están atendiendo en enfermería con un derrame en el ojo por el golpe que Hassan le propinó en el forcejeo, quién por cierto estará aislado durante 1 mes. Faltaría más. Tienes suerte de que Helena vaya a estar bajo nuestro cuidado de forma indefinida. Porque sabes perfectamente que si algún familiar apto para su adopción la reclamara, en este momento se nos caería el pelo y tu perderías tu empleo de forma automática.
- Juan no te haces una idea de cuánto lo siento y...
- Ni y ni o, el daño ya está hecho. Y ahora ¿se puede saber qué es eso tan importante que te distraía tanto?