La belleza caucásica
de su palpitante sexo
atraía torrentes de emociones desenfrenadas,
era imposible escapar de sus cabellos
entrelazándose en su sexualidad acogedora.
La fragancia de sus suaves pechos
sonrosaba a los penes más flácidos
y la timidez de sus pezones erectos
encadilaba incluso a las féminas.
Sirena de tierra,
permitía que la tomaran en tabernas
de borrachos y viejos,
desvergonzada y desnuda,
por un puñado de dinero.
De artes viejas
ya maestra,
esposa de obreros
en busca de fortuna,
a veces princesa,
otras puta.
Siempre perfecta.
Bella fresa
donde incrustar la nariz y olerla.
Todos querían lamerla,
imposible no querer someterla.
Extraña criatura
la sirena de tierra,
vicio de la naturaleza.
Bendita puta.
domingo, 14 de agosto de 2011
sábado, 13 de agosto de 2011
El Tiovivo.
Una luz clara, álgida, y límpida embriagaba el frescor de la mañana. El rumor del amanecer se escapaba entre las hojas del Parque, cuando el rocío ya sólo dejaba un leve recuerdo de su presencia. En el ambiente descansaba un intenso y acogedor aroma a palomitas dulces y algodón de azúcar.
Mientras tanto, los padres hacía un par de horas que estaban encerrados frente a sus ordenadores en sus tediosas oficinas, consumiendo con despreocupada ansiedad su segundo café del día. Probablemente otros estuvieran preparando las tortillas de patatas, con aceite de oliva virgen extra sabor suave de marca blanca que aquellos bajarían a devorar dentro de una o quizá dos horas por un precio quince veces superior a su coste real. Probablemente otros estén engrasando sus manos entre tuercas y poleas reparando coches y otras estuvieran secando sus jóvenes manos entre nocivos tintes de pelo de moda que sus clientes les requerían. Y así giraba ese día, como otro cualquiera, el infinito engranaje de esta Gran Ciudad.
Pocos minutos antes, yo había decidido no decidir nada, no planear nada, no quedar con nadie. Este día libre sería para mí, para hacer lo que se me ocurriese cuando se me ocurriese. En mitad de esa pulsión, sanamente egoista, sentí la necesidad de ir al Parque, y allí me encontraba, sola sin saber qué quería hacer. Sin embargo, aquel brillo de alegría, que emanaba de las caras de los pocos niños y niñas que tenían la suerte de disfrutar del Tiovivo a esas horas de la mañana, me embriagó con una fuerza inusitada y quise rememorar aquella sensación de tranquilidad de la que se goza cuando se tiene esa edad y tu mayor preocupación es si te van a dejar disfrutar otros quince minutos más en el Tiovivo.
Me acerqué con la calma que te domina un día de predeterminado descanso. Con sigilo, como si no quisiera estropear la grabación de una pequeña toma cinematográfica. Los tonos suave y pastel de la inocente atracción me recordaron lo mucho que me gustaba montar en los caballitos. Me hacían sentir hábil, fuerte e importante, una Amazona de cuatro años. En ese instante me percaté de que precisamente el caballito marrón más grande y bello del Tiovivo estaba gobernado por una chiquilla cuyo rostro reflejaba la misma expresión que yo habría adoptado. Fue entonces cuando le vi. Allí estaba Alejandro, el tío de la pequeña Amazonas -así fue como la llamé desde entonces- mirándome de forma descarada mientras cuidaba de su sobrina.
Desde esa mirada supe que sería él.
lunes, 8 de agosto de 2011
Y todo por un nugget.
Una noche, como otra cualquiera, puede empezar sin el más mínimo atisbo de trascendentalidad. Estas con tu gente, quizá novio incluido, comiéndote unos Doner Kebab y jugando al juego de cartas de turno para quemar el tiempo antes de comenzar aquel periplo interminable que supone intentar dormir cuando el cansancio no te impide que tu conciencia, saturada de inquietudes, comience recién a desperezarse. Como en varios juegos de cartas, llega un momento, probablemente de larga espera hasta que por fin llega tu turno, en el que la sensación de sopor encuentra su punto álgido, más aún si éste tiene lugar pasada la medianoche y tu equipamiento de personaje junto con tu puntación está entre las peores de la mesa. Es justo en ese instante de embobado aburrimiento cuando, de la forma más despreocupada se me ocurrió acudir al encuentro de un jugoso y apetitoso nugget bañado en salsa barbacoa del tupper de uno de mis rivales de la noche. Él, absolutamente desconocedor de las consecuencias que un simple nugget puede tener, me lo cedió, como quien regala un chupachups a un chiquillo. Pero es entonces cuando todo el ritmo de la noche comenzará a tomar otra vibración totalmente insospechada. Mi boca estaba empezando a salivar desaforadamente cual perro de Pavlov y cuando ya mi nariz se vió embriagada por el dulce aroma del pollo frito, que casi podía saborear, mi novio me agarró la mano que sostenía el nugget con la firme contundencia de quien se sabe portador de la verdad impidiéndome el disfrute del ansiado trofeo. Se produjo un cruce gélido de miradas. El tiempo se detuvo.
Después de este nimio acontecimiento lo único que deseaba es que la partida finalizara cuanto antes, dando igual ya el resultado, para poder encerrarme dentro de mis pensamientos. Definitivamente se me agrió el ánimo. Comencé a interiorizar lo ocurrido, ¿por qué demonios estaba tan enfadada, si al fin y al cabo había sido una tontería?. Finalizada ya la partida, a pesar de haber salido victoriosa, no se me había dibujado la típica sonrisilla de superioridad ni me había vanagloriado de mi gesta como hubiera sido lo habitual en estos juegos. Nada de camaradería socarrona con nadie. Continué andando hasta mi cuarto, pero no iba sola mis pasos eran seguidos por el que esa noche se había comportado como un perro policia. No dije una sola palabra hasta que Álex, con toda la paciencia del mundo, calibrando la situación, rompió el silencio casi irrespirable y soltó una de sus bromitas:
- Cariño, ¿sabes que cuando te enfadas estás aún más guapa?
Me reí, no sé muy bien por qué, supongo que porque sabía que era su forma de sacar el pañuelo blanco. A continuación empezó a disculparse sabiendo que estaba muy dolida y por eso no decía palabra:
- Sabes que si te he quitado el nugget de las manos es porque tu me has dicho que te ayude con la dieta, ya que esta vez te lo estas tomando muy en serio y sabías perfectamente que te sobraba después de haberte comido para cenar tu solita un Durum Kebab.
Inevitablemente se desarrolló toda una discusión acerca de si el uno es muy estricto con los errores del otro que si la una es demasiado indulgente consigo misma. La discusión se fue poco a poco suavizando, cuando ambos nos dimos cuenta de que ninguno había tenido mala intención en sus actos y en sus palabras. Tras el reconocimiento de este hecho, siguió una intensa conversación que, cada tanto, iba penetrando más y más adentro entre los miedos e inquietudes de cada uno, revelando la frágil condición que tenemos todos ante las vicisitudes de la vida. Cuando ya no había nada más que decir, sin darnos cuenta, nos sumimos en un profundo y reparador sueño.
A veces los pequeños acontecimientos confluyen en importantes sucesos. Y todo por un nugget.
lunes, 1 de agosto de 2011
La bolsita de ketchup.
Nos gusta hacer pactos, nos gusta jurar, nos encanta prometer, aunque algunos digan que les asusta, nos gusta el 'para-siempre'. Es un hecho. Es tan cierto como que la amistad existe. Muchos hemos practicado el gran pacto por antonomasia de la amistad infantil, por lo menos los que nos tomábamos las cosas en serio, el pacto de sangre, sin embargo todos hemos sido niños pero no imbéciles, evidentemente yo sustituí la sangre por lo más parecido que estaba a nuestro alcance: la bolsita de ketchup de Mc Donals, en resumidas cuentas era lo que menos asco nos daba. Ya desde muy pequeños todos coqueteamos con la idea de que 'un amigo es un tesoro' y, por lo tanto, su amistad debe ser cuidada para que perdure hasta el fin de nuestro días. Pero lo cierto es que todos crecemos y muy pronto empezamos a comprender que esta idea es muy difícil. Por mucho que en nuestra adolescencia, mirando el eterno cielo estrellado en algún país extranjero de viaje de fin de curso, creyéramos que estábamos en contacto con aquella inmensidad, que todo iba a estar en calma y que, claro está, aquellas amigas que te acompañaban te iban a acompañar por todo tu periplo vital, aquella calma pronto se desvanece dejándote entrever la realidad.Es este 'para-siempre' el que nos daba, nos da, esa irreal pero sana sensación de tranquilidad. Esa eternidad con la que queremos adjetivar al amigo fiel, aquella persona que caminará junto a nosotros nuestra vida, con el paso del tiempo se va descomponiendo en muchos casos. No queremos creer que la inmensa mayoría de las relaciones que mantenemos a lo largo de nuestras vidas tienen una fecha de caducidad. No se sabe cuándo, ni dónde, ni por qué con antelación, pero lo que si sabemos es que mueren, mueren como casi todo lo humano. Se esfuman y la mayoría de las veces no ocurre la, en ocasiones ansiada, resurrección.
Si bien es cierto que la amistad muere, igual de cierto es que cuando ha sido verdadera amistad es particularmente difícil olvidarla. Se quedan algunos bonitos recuerdos, vivencias, quizá fotografías, algún objetivo significativo o simplemente la esencia de esa persona que estuvo y ya no está en nuestras vidas, puede ser que algún día nos diera un buen consejo o que nos ayudará en tiempos difíciles o simplemente que una canción esté anclada en tu memoria indeleblemente asociada a esa persona.
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